Ya no
- Kyon Andres
- 17 jul 2013
- 2 Min. de lectura
El fuego se extendía rápidamente en las paredes empapeladas, las fotografías se consumían en silencio y el olor a carne quemada imponía su presencia. En la entrada una mujer con la mitad de su cabello empapado de sangre se empezaba a quemar sin inmutarse de ello, el dolor no era un factor de importancia, simplemente permanecía en silencio, atenta, esperando alguna señal.
Esta escena se vislumbraba desde lo alto del edificio de frente, en el barandal de la terraza permanecía en pie un pequeño niño de cabello castaño, ojos miel y un traje formal color gris. Su camisa blanca estaba cubierta enteramente de sangre y rasgada en la parte del abdomen.
Sus lágrimas impregnadas en la piel del rostro se perdían entre la tonalidad de la piel y el polvo que ahora formaba parte de la misma. Su mandíbula tembló por unos minutos, como si intentara formular una palabra, sin éxito. Una gota de sudor bajó por la patilla de su cabello, no hacía sol, nadie había visto a la estrella roja en mucho tiempo. No desde que todo se desató.
Su cuello giró pocos grados en dirección de la terraza de una casa cercana, sus pupilas se cristalizaron rápidamente al leer la frase en tonalidad roja que estaba escrita en el concreto.
Dios nos ha abandonad
No era pintura y no era spray, sabía que la esencia de la escritura estaba basada en el líquido vital que recorría su brazo derecho. Su mente le trataba de convencer que podía ser otro material usado, pero los cuerpos sin vida, desmembrados, irreconocibles y pudriéndose en el concreto eran más fuertes.
Un grito hizo que moviera su cabeza a la dirección contraria, una chica bastante delgada corría por la calle, su rodilla estaba con raspones, aparentemente tuvo una caída fuerte. Atrás le perseguía un ser humano, o lo que quedaba de él, completamente asqueroso, la piel le caía a borbotones en conjunto con la sangre.
El resultado era obvio, el joven no tenía un factor como era el cansancio. La atrapó en cuestión de segundos. El niño desvió su mirada, el resultado era obvio; una carnicería. Cerró sus ojos y dio un paso al vacío.
El viento le golpeaba el rostro, recordó lo que era correr en los parques, en la calle con la bicicleta y su padre. Una lágrima le abandonó y tomó su propio rumbo.
Los cornetes se convirtieron en una masa gelatinosa que se desparramó por todo el piso, ya no sentía nada. Uno menos que sufría en un mundo que ya no reconocía al ser humano como el dominante en la pirámide, un mundo que estaba purificando todo con el mismo dramatismo que lo hicieron antes.




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