Mordiscos
- Kyon Andres
- 8 sept 2013
- 2 Min. de lectura
El primer mordisco fue el más aterrador, no por el dolor físico que infligían esos dientes sino por la sensación de experimentar algo nuevo, algo que no esperaba sucediera. No con todas las metas y sueños que tenía para sí misma en adelante. Había luchado enérgicamente para evitar la situación en la que se encontraba eso, pero aparentemente no había servido de mucho.
El segundo mordisco se efectuó en su muslo izquierdo, los hilos de piel se soltaban entre ellos para dar paso a una hilera de sangre que saltaba por acción de la fuerza de aquella mandíbula. La saliva de aquella criatura que devoraba su carne se empezaba a mezclar con su sangre. Una sensación de placer y escalofrío recorrió su cuerpo.
¿Acaso su hermano pasó por la misma situación que ella? No quería imaginárselo, tan pequeño; tan delicado. Sus pensamientos le llevaron a recordar momentos felices con él, con sus amigos y su querida familia. Nada sería lo mismo, estaba condenada. Condenada a ser devorada totalmente, no podía hacer nada para defenderse, era muy tarde.
Miró una luz, se alegró durante unos instantes. Recordó las historias de personas que veían una luz al momento que morían, una luz blanca. Se quedó paralizada, la luz que observaba era naranja y se tornaba más violenta conforme pasaban los segundos. De inmediato reconoció no era una luz que venía de las alturas, era de las profundidades.
Lo recordó todo, no estaba muriendo; ya llevaba muerta algunos días. La luz era la sonrisa de bienvenida que el infierno le propinaba, estaba muerta y condenada. Condenada a ser devorada lentamente por los gusanos en su tumba física de tierra. Quiso dar un grito para pedir auxilio, pero no lo logró; una mano delgada y oscura le cubrió la boca al instante que una lengua tocaba húmedamente su oreja para decirle unas tiernas palabras.




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